Varios años atrás, mis dolencias físicas eran las que se llevaban el pedazo más grande de aquel pastel llamado excusas.
Algunas las usaba para faltar a exámenes, los dolores de cabeza eran mis favoritas en este caso, otras cuando debía hacer exposiciones (no tengo voz!) y otras simplemente cuando deseaba faltar a la escuela (confieso que llevé muchas veces pretextos bajo la premisa de: mi hijo se levantó con síntomas gripales razón por la cual no considero apto que asista hoy a clases, punto. Coartada auspiciada por la firma de mi alcahueta madre).
Sin embargo, hubo una que se destacó entre las demás por su originalidad y su aparición repentina en cada una de las fiestas. De hecho el récord lo conservan los temibles quinceañeros, donde varias veces usé la misma carta bajo la manga para salirme con la mía.
Todo parte de uno de mis grandes temores, mi criptonita: El vals.
Ese acto donde debía tomar con propiedad al centro de la noche, y ejecutar a su lado un sin fin de incoherentes e incómodas piruetas bajo la mirada de mis amigos, sus chillones familiares, las decenas de cámaras fotográficas y, la eterna y siempre brillante luz de la cámara filmadora principal (que no dejaba ni un momento sola a la pobre atosigada quinceañera, ni siquiera en especial cuando iban a servir la comida).
Era justo en ese momento cuando debía sacar mi artillería pesada.
Recuerdo mi táctica casi que a la perfección: Iniciaba con charlas amenas con mis compañeros de mesa. A veces eran mis amigos y compañeros de clases, (aquí sólo debía fingir felicidad y luego cambiar por completo el panomara). Otras veces eran personajes desconocidos, (aclaro que esta ubicación se debe ala cantidad de amistades no relacionadas entre sí que tengo). Mientras que en otras, me tocaba compartir mi asiento con personas adultas ajenas a mi, o en las peores: aquellas donde debía estar con la misma familia de la cumplimentada.
El punto es que en todas iniciaba con una charla sobre mis gustos y aficiones. Todo con tal de "entrar en confianza", una confianza bastante falsa debo reconocer, en donde al final yo, en mi calidad de dirigente y participante de la conversación, ilustraba algún suceso reciente. Era justo allí cuando mi excusa cobraba protagonismo.
Muchas veces la explicación era por causas heroicas, otras por exceso de deportes. Incluso hubo algunas debidas al abuso de mis dotes danzísticos. Pero en todas y cada una de ellas siempre aparecía la razón que justificaba el porqué ese día no me encontraría con la capacidad física para ejecutar el tan temido baile:
Mi dolor de rodilla.
Recuerdo de manera minuciosa mi primera vez... del vals claro está (malpensados).
Siempre el primero era aquel, el más popular entre las chicas y quien poseía en realidad aquellos dotes danzísticos de los cuales tanto yo había alardeado en la mesa, (que por cierto, luego lamentaba por no poder mostrarlos). Seguido iba aquel cuyo nombre todos coreaban. Aquel que siempre era llamado y ovacionado a través de aplausos, bien sea porque querían verlo simplemente bailar (así de malo era) o porque, como casi siempre, se encontraba relacionado de manera amorosa con la protagonista de la noche. Romance que aunque fuese del pasado, presente o futuro, era la excusa perfecta para darlo a conocer a la luz pública.
De inmediato todos ajustábamos nuestra mejor cara de poker.
Sus padres se hacían los locos mientras los demás familiares se miraban entre ellos con cara de asombro. El resto de invitados, nosotros, los encargados de sacar los trapitos al sol, nos lavábamos las manos mutuamente mientras expresábamos esa famosa sonrisa que pide perdón pero al mismo tiempo no lamenta nada de lo acontecido.
Y finalmente, luego de este personaje, el amante (llamemoslo así), quien por cierto repetía baile al final a causa del júbilo con el que celebrábamos... era yo... ¡si yo! llamado a escena.
Menos mal que cuando sabía echar la mentira, no quedaba más que disfrutar de mi victoria. Pero la realidad es que JAMÁS funcionó y de una u otra manera siempre quedé grabado para la posterioridad.
Recuerdo mi cara como si fuese ayer. Primero me hacía el sordo (tras de cojo, ahora no escuchaba), luego cuando notaba la insistencia de la gente (muy probablemente por las endorfinas liberadas al ver cómo el personaje minusválido, yo en este caso, realizaba un esfuerzo sobrenatural) no quedaba más que rendirme ante el fracaso de mi fallido plan. Era allí cuando debía invocar al actor frustrado que habita dentro de mi para realizar una actuación digna de un premio de la academia. (De hecho si hasta el día de hoy, lector que detesto, apenas es que te estás enterando de esto, sabré que en efecto mis dotes relacionados con el séptimo arte si son merecedores del anterior premio. De lo contrario no me digas nada o terminaré por odiarte aún más.)
De un momento a otro todo era en cámara lenta. No sé cómo, pero todas las miradas lograban posarse sobre mi en un santiamén. Yo, con cara de niño abandonado, triste, que ha pasado por todas las desgracias habidas y por haber en el universo, me levantaba con cara de agonía.
Como siempre alguien extendía su mano para ayudarme pero ¡no! (¿Si de verdad querías ayudarme porque no te opusiste ante esta serie de sucesos desafortunados?) Entonces, luego de recorrer la milla existente entre la mesa donde me encontraba hospedado y la pista de baile, arribaba a la zona de guerra de una forma paciente bajo la mirada atónita de los presentes.
Aún recuerdo los primeros estribillos de la melodía que crecía de manera súbita mientras milagrosamente un halo divino (producto de la detestable luz de la cámara filmadora) me permitía efectuar los movimientos danzísticos característicos del mencionado baile.
De un momento a otro todos cambiaban sus caras de estreñimiento por labios estirados y relucientes dientes. Tal parece que después de todo no era el peor bailarín del mundo, y es que de hecho no lo soy. Me catalogo bajo el status de pasable, simplemente tiendo a apreciar el drama existente entre nosotros, los hombres, y el temible baile del vals.
¡Ay de mi rodilla! Cuántas calumnias y mentiras no hice que protagonizara.
De todas formas, ella, mi confidente; sé que aunque dolida por lo que le hice pasar, también debe estar orgullosa por el despampanante papel que jugó durante mi lucha contra mi criptonita. ¿Que siempre perdimos? Bueno ya eso es otra cosa, pero como dice el viejo refrán, lo que no te mata, te hace fuerte.
Tristemente ya crecí, y aquellas épocas donde todo lo previamente descrito eran mis más grandes preocupaciones son sólo una tenue y alegre sombra de un pasado del cual no tengo sino alegrías. Sé que esas batallas perdidas me ayudaran a vencer de una buena vez por todas a mi criptonita. Y más cuando, cual crónica de una muerte anunciada, la toparé en mi camino más de una vez. (¡vaya que le gusta a nuestra sociedad abusar del vals! literalmente lo encuentro en la sopa.)
¡Cómo extraño mi dolor de rodilla!
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