sábado, 31 de marzo de 2012

Mi billetera

Ese día el bus pasó a las siete en punto. Como de costumbre, la primera ley de Newton me jugó una mala pasada una vez más. Y es que intentar sostenerse con una mano, mientras con la otra se busca el dinero del pasaje, mientras un gigantesco maletín se trepa a tu espalda, no es tarea fácil. Como buena partícula inercial, intenté mantenerme estático mientras las revoluciones del motor sobrepasaban las permitidas por la ley. De forma instantánea ubiqué con el rabillo del ojo un puesto libre. Me sentí un tanto aliviado. Una vez sentado, un olor a cilantro inundó mis fosas nasales. Un viejo vendedor era mi acompañante. A su lado, una gran bolsa verde me permitió reconocer de inmediato el origen de aquel hedor.
Entre gritos, empujones y gotas de sudor; poco a poco aquel vehículo empezó a albergar decenas de almas, unas más inocentes que otras me atrevería a exclamar. Al frente, una joven morena era la musa del adolescente conductor. Entre miradas coquetas y piropos fallidos, la costeña se hacía la difícil. Él, haciendo arte de sus folclóricas galanterías, lograba sacarle pícaras sonrisas. Fue allí cuando noté que un diente a ella le faltaba, mientras a él uno le sobraba. No en vano dice el dicho, Dios los junta y ellos se separan.
Mientras divisaba aquella escena, bastante digna de un escrito macondiano por cierto, sentía lentamente cómo mi espalda se fusionaba con la funda del asiento. Un calor infernal acondicionaba el amarillo bus destinado a llegar a Puerto Colombia, mientras unas diminutas cortinas bailaban al son de los desniveles de la carretera. Fue en ese instante cuando me preocupé por mi viejo acompañante. Noté que no se movía. Ni el incesante resplandor que alumbraba la ventana sobre la cual su rostro descansaba, era capaz de traerlo de los terrenos de Morfeo.

Confieso que sentí un poco de lástima al divisar lo que habían hecho con él. Sin darse cuenta, terminó siendo víctima de la publicidad de las empresas privadas. Una gorra de metrotel cubría su calva, mientras una rota camiseta de Telmex y una pálida tula de Comcel, donde resguardaba su preciado tesoro herbal, hacían juego. No era más que una cadavérica figura jugueteando sin querer a ser una vitrina humana. En el fondo, la risa de los tórtolos enamorados me trajo de vuelta a la realidad. Fue en ese instante cuando noté que era hora de bajarme. Una vez más, empujado por mi íntimo amigo Newton inicié el trayecto de descenso.
En medio de mi trance, apresuré un poco el paso. Justo en ese momento un desconcertante grito sacó a todos de sus burbujas. Mientras estaba en shock por lo sucedido, apareció como por arte de magia delante de mí aquella figura cadavérica. Sólo sentía a mi alrededor una incesante bulla mientras delante de mis ojos unos pellejudos y deshidratados labios se movían. En sus manos, un inerte y cuadrado objeto se posaba. Mi billetera.


jueves, 23 de junio de 2011

Con la lluvia llega más que sólo agua

Lo admito, soy curioso por naturaleza. La cantidad de preguntas que rondan mi cabeza a todo momento es inmensurable. Y lo es hasta el punto que, de haber sido un gato, ni las 9 vidas me habrían alcanzado. (Lo digo por eso de que la curiosidad mató el inocente felino).
No basta sólo sino con que efectúe actividades tan comunes como caminar, respirar, incluso pestañear, para que de forma instantánea surjan como una epidemia.
Infortunadamente, más que generarlas, el verdadero problema es darle respuestas a todas y cada una de ellas. Es un completo dolor de cabeza. Es un número que incrementa exponencialmente. Sin embargo, gracias a una duda que tuve sobre cómo hacer para resolver todas mis dudas (si, se generan dudas sobre mis mismas dudas. I suck) llegó una eficiente solución. (Que en realidad no es tan eficiente).

Para efectuarlo tomo gran cantidad de tiempo. Es más, es probable que cuando esté hablando contigo, en realidad esté trabajando de forma interna con mis pequeñas.
Primero, intento dialogar con ellas. Es difícil hacerlo de forma ordenada porque aparecen de a par, una detrás de otra. Luego les extiendo un abrazo. (Siempre sirve para tranquilizarlas). Por último, menciono la explicación más básica que alguien le podría dar a otro alguien: Les digo que no puedo atenderlas en el momento, que con gusto pueden dejar un mensaje y que más adelante les devolveré la llamada. (Insisto en que cualquier parecido con un call center es mera coincidiencia y no, en caso tal que te lo estés preguntando, no he trabajado en ninguno todavía).
Apenas arribo a casa, inicio mi tarea de dar solución a cada una de ellas. (Bendito seas google, bendita seas wikipedia).

Es cierto, soy curioso. Y bastante. Y ahora que este tema está aclarado, puedo iniciar la historia que hoy he venido a compartir contigo oh lector que tanto detesto.
El plano temporal de la historia es ... en días pasados, y es mejor dejarlo así porque últimamente he perdido la noción del tiempo.

Inicio con otra confesión: Era excesivamente obediente.
No es que ahora sea el peor hijo del mundo o el alma más rebelde del universo, es sólo que el porcentaje de obediencia ha disminuido de forma considerable durante el paso de los años. Y según yo, será esa nueva des-obediencia naciente la que me dará el impulso para ser ciento por ciento independiente. (la frase/excusa que uso cuando quiero pedirle disculpas a mis padres).
El punto es que a esa famosa frase parental, a esa que parece estar impresa en nuestra acta de nacimiento por la temprana edad desde que la escuchamos, le hice caso de manera absoluta.
"Nunca hables con extraños" fue como ese amigo de cartón que, aunque no contaba en el juego, siempre tenía voz en mis decisiones.

El trauma ocasionado por el ab-uso de esta frase se vio reflejado en más de una ocasión. Aún más cuando empecé a usar el transporte urbano.
Jamás me atreví a dirigir una sola palabra a mis cambiantes acompañantes del bus. Y digo atreví porque ya no es así. Por más extraño que parezca, encuentro muchas veces la actividad de hablar con extrañas almas pasajeras (literal) una bocanada de aire fría para mis agitados días como estudiante de ingeniería (haha la hijuemadre frase rima).
A veces me sacan sonrisas, otras veces dan pie para que surjan más de mis temidas dudas o simplemente como hoy, son una excusa más para escribirte a ti oh lector que tanto detesto.
Lo curioso del caso (já curioso) es que esta vez no sucedió en un medio de transporte público, sucedió mientras caminaba por la calle. Y lo más insólito del caso es que fue la primera vez que yo, si yo, inicié la conversación. Y debo agregar que me habría arrepentido de no haberlo hecho. Fue de una de las pláticas más cortas y sustanciosas que he tenido.

Confieso además que la acción de bajarme del bus es uno de las más terroríficas con las que debo lidiar a diario, en especial cuando está repleto. Incontables "me da un permiso por favor" son mi muletilla favorita cuando de abrir paso entre la multitud se trata. Luego viene el clímax de mi faena: presionar el botón el bus.
No soy la persona más devota del universo, sólo voy a la iglesia dos veces al año (creo, no sé si son menos o ...son menos) pero de mis pensamientos salen miles de ruegos y plegarias para que el bendito botón suene. No hay actividad que más deteste en el mundo que pedirle al señor conductor (porque así es como suelo llamarlo) la parada. Tal parece que ese día mis súplicas fueron escuchadas dado que descendí en completa normalidad.
Como suele suceder, caminé de manera robótica. El camino lo he repetido tanto que mi cerebro puede dormir tranquilamente durante el trayecto sin que mis piernas se confundan. Pero ese día mi cerebro de verdad se tomó vacaciones porque no fue sino hasta que pisé un charco que noté que llovía. Entonces apreté el paso y busqué refugio bajo el plafón sobresaliente de una silenciosa casa blanca. Fue justo allí donde el pretexto, para escribir una vez más en este blog y para romper la ya fallida promesa de no hablar con extraños, tomó forma.

A lo lejos era sólo una sombra encorvada, de cerca era un ser envuelto en una manta arrugada y seca. Manta de la cual muchas mujeres quieren librarse a través de cierto amiguito llamado botox pero que esta figura cargaba con orgullo y dignidad (como debería ser por cierto).
Lentamente salió a chequear sus plantas mientras pequeñas gotas de lluvia caían y se resbalan a lo largo de unas delgadas hebras blancas que adornaban su cabeza. Tocó con suavidad sus matorrales, como si pudiera entenderlos y luego los observó durante un tiempo. Tiempo que se vio pausado cuando notó mi presencia.
Mientras tocaba la parte superior de su nariz, casi que intentando borrar las marcas dejadas por el paso de sus anteojos, refunfuñaba entre dientes. De repente cerró sus ojos por un instante, inspiró suavemente y con la misma velocidad con la había salido, entró.
Pasó menos de un minuto hasta que retornó. Tal vez mi presencia le parecía sospechosa o de pronto era yo quien interrumpía algún tipo de ritual diario que ella acostumbraba a realizar. La única diferencia era que ahora no estábamos solos. Una mecedora era el nuevo integrante de una conversación silenciosa de la cual estabamos participando sin querer queriendo.
Para mi sorpresa, esta vez había retornado cargada. Y menciono cargada porque una pistola fue lo primero que vino a mi mente. En medio de mi paranoia instántea (lo admito, soy eso que coloquialmente denominan peliculero) divisé la forma más rápida de escapar en caso tal de estar frente a algún tipo de asesina en serie.
Confieso que pedí perdón a esa deidad de la cual muchas veces dudo su existencia, así como me lamenté por no haberle hecho caso a mis padres por lo que a continuación iba a acontecer, sin embargo, antes de cometer cualquier locura, me armé de valor y pregunté de manera entrecortada: "¿Qué tiene allí entre sus manos?".
Ella, en medio de su quietud, suspiró y me miró. Levantó de forma temblorosa su mano izquierda (en la derecha tenía un rosario) y me mostró lo que tenía. Para mi sorpresa (y alivio) era un objeto cuadrado, inerte, casi que inofensivo (Bueno eso realmente depende de su contenido). Era un libro. Un pequeño libro.
Sonreí un poco por las locuras que habían atravesado mi mente justo un momento atrás y me adentré a preguntarle sobre su contenido. Ella, un poco apenada ahora, colocó a su apreciado amigo entre sus piernas para luego posar sus manos sobre él. Esta vez parecía querer ocultarlo.
-No lo sé-, me dijo, - Cada vez los hacen más pequeños y con letras para hormigas-
Luego lo tomó con decisión y le hechó una fugaz ojeada. Pensé que tal vez podría haber alguna caricatura entre sus bordes por la forma en como lo tomó y ojeó.
-Ni siquiera tiene dibujitos- exclamó mientras sus cejas se alejaban lo suficiente de sus ojos como para imaginar por un breve momento el aspecto de su rostro varias decenas de años atrás.

En ese momento llegó un taxi. Una señora ejecutiva se bajó de él. Pagó y de manera instantánea abrió y cerró su paraguas. Había dejado de llover. Fue justo allí cuando la noble anciana exclamó las palabras que hoy titulan esta entrada.
-Con la lluvia llega más que sólo agua- me dijo. Yo asentí sin decir una sola palabra. A paso lento salí al andén. La observé. Una sonrisa suave y sincera se dibujo sobre mi cara mientras me alejaba.
En ese momento un millón de ideas inundaron mi cabeza. Algunas se cuestionaban sobre si debía o no escribir tal suceso (tal parece que ya lo hice), otras era más infantiles. Pero hubo una destacada, una que me causó mayor curiosidad que las demás y fue tal vez la que en realidad inspiró la escritura de este texto.
-Ustedes los jóvenes de hoy en dia, ¡Saben tanto!- había mencionado ella con anterioridad mientras observaba sus matorrales. Y creo que ella no entendió el chiste porque esa tarde fui yo quien tomó atenta nota de cada una de las cosas que realizó. Esa tarde lluviosa fui yo quien aprendió más de lo que tal vez hubiese podido aprender durante un semestre de filosofía. Esa tarde mis sentidos cobraron más importancia que mi cerebro. Pero aún más importante, esa tarde volvió mi curiosidad sobre el porqué los libros de hoy en día para nosotros, los ya "grandes", son más pequeños, tienen letras de hormiga y no tienen dibujitos.

Si, es cierto; soy curioso. Y bastante.



viernes, 17 de junio de 2011

Cuento cortísimo

Fue esa tarde soleada cuando el joven escritor se sentó frente a las hojas de papel para imaginar en su mente cómo iba a ser el texto que pensaba plasmar. Como le era usual ingresó con miedo, un poco lento pero con palabras fuertes. Quizá fue, debido a ese flujo intermitente de sentimientos, que su abrupta y rápida mente trató de llenar todos los renglones con ideas chifladas (aparentemente sin sentido) pero que de una u otra manera terminaban siempre en un punto y aparte. Justo en ese instante decidió borrar el comienzo y de inmediato volvió a escribir. De repente se detuvo sin razón alguna y pensó en lo tanto que anhelaba escribir a mano, en lo mucho que extrañaba presenciar la interacción física entre el grafito de su lápiz y la superficie lisa y blanca de la hoja de papel.

En ese momento una suave brisa sopló sobre su escritorio y lentamente aquella hoja de papel se elevó sobre su cabeza hasta perderse en la delgada línea que separaba al infinito del mar azul con el ocaso de aquella tarde soleada.


- Quizá hoy no era mi día - murmuró aquel joven escritor mientras lentamente observaba cómo ésta se hacía lo suficientemente pequeña como para disiparse entre las nubes.

domingo, 12 de junio de 2011

Mi dolor de rodilla

Varios años atrás, mis dolencias físicas eran las que se llevaban el pedazo más grande de aquel pastel llamado excusas.
Algunas las usaba para faltar a exámenes, los dolores de cabeza eran mis favoritas en este caso, otras cuando debía hacer exposiciones (no tengo voz!) y otras simplemente cuando deseaba faltar a la escuela (confieso que llevé muchas veces pretextos bajo la premisa de: mi hijo se levantó con síntomas gripales razón por la cual no considero apto que asista hoy a clases, punto. Coartada auspiciada por la firma de mi alcahueta madre).
Sin embargo, hubo una que se destacó entre las demás por su originalidad y su aparición repentina en cada una de las fiestas. De hecho el récord lo conservan los temibles quinceañeros, donde varias veces usé la misma carta bajo la manga para salirme con la mía.

Todo parte de uno de mis grandes temores, mi criptonita: El vals.
Ese acto donde debía tomar con propiedad al centro de la noche, y ejecutar a su lado un sin fin de incoherentes e incómodas piruetas bajo la mirada de mis amigos, sus chillones familiares, las decenas de cámaras fotográficas y, la eterna y siempre brillante luz de la cámara filmadora principal (que no dejaba ni un momento sola a la pobre atosigada quinceañera, ni siquiera en especial cuando iban a servir la comida).
Era justo en ese momento cuando debía sacar mi artillería pesada.

Recuerdo mi táctica casi que a la perfección: Iniciaba con charlas amenas con mis compañeros de mesa. A veces eran mis amigos y compañeros de clases, (aquí sólo debía fingir felicidad y luego cambiar por completo el panomara). Otras veces eran personajes desconocidos, (aclaro que esta ubicación se debe ala cantidad de amistades no relacionadas entre sí que tengo). Mientras que en otras, me tocaba compartir mi asiento con personas adultas ajenas a mi, o en las peores: aquellas donde debía estar con la misma familia de la cumplimentada.
El punto es que en todas iniciaba con una charla sobre mis gustos y aficiones. Todo con tal de "entrar en confianza", una confianza bastante falsa debo reconocer, en donde al final yo, en mi calidad de dirigente y participante de la conversación, ilustraba algún suceso reciente. Era justo allí cuando mi excusa cobraba protagonismo.
Muchas veces la explicación era por causas heroicas, otras por exceso de deportes. Incluso hubo algunas debidas al abuso de mis dotes danzísticos. Pero en todas y cada una de ellas siempre aparecía la razón que justificaba el porqué ese día no me encontraría con la capacidad física para ejecutar el tan temido baile:
Mi dolor de rodilla.

Recuerdo de manera minuciosa mi primera vez... del vals claro está (malpensados).
Siempre el primero era aquel, el más popular entre las chicas y quien poseía en realidad aquellos dotes danzísticos de los cuales tanto yo había alardeado en la mesa, (que por cierto, luego lamentaba por no poder mostrarlos). Seguido iba aquel cuyo nombre todos coreaban. Aquel que siempre era llamado y ovacionado a través de aplausos, bien sea porque querían verlo simplemente bailar (así de malo era) o porque, como casi siempre, se encontraba relacionado de manera amorosa con la protagonista de la noche. Romance que aunque fuese del pasado, presente o futuro, era la excusa perfecta para darlo a conocer a la luz pública.
De inmediato todos ajustábamos nuestra mejor cara de poker.
Sus padres se hacían los locos mientras los demás familiares se miraban entre ellos con cara de asombro. El resto de invitados, nosotros, los encargados de sacar los trapitos al sol, nos lavábamos las manos mutuamente mientras expresábamos esa famosa sonrisa que pide perdón pero al mismo tiempo no lamenta nada de lo acontecido.
Y finalmente, luego de este personaje, el amante (llamemoslo así), quien por cierto repetía baile al final a causa del júbilo con el que celebrábamos... era yo... ¡si yo! llamado a escena.
Menos mal que cuando sabía echar la mentira, no quedaba más que disfrutar de mi victoria. Pero la realidad es que JAMÁS funcionó y de una u otra manera siempre quedé grabado para la posterioridad.

Recuerdo mi cara como si fuese ayer. Primero me hacía el sordo (tras de cojo, ahora no escuchaba), luego cuando notaba la insistencia de la gente (muy probablemente por las endorfinas liberadas al ver cómo el personaje minusválido, yo en este caso, realizaba un esfuerzo sobrenatural) no quedaba más que rendirme ante el fracaso de mi fallido plan. Era allí cuando debía invocar al actor frustrado que habita dentro de mi para realizar una actuación digna de un premio de la academia. (De hecho si hasta el día de hoy, lector que detesto, apenas es que te estás enterando de esto, sabré que en efecto mis dotes relacionados con el séptimo arte si son merecedores del anterior premio. De lo contrario no me digas nada o terminaré por odiarte aún más.)
De un momento a otro todo era en cámara lenta. No sé cómo, pero todas las miradas lograban posarse sobre mi en un santiamén. Yo, con cara de niño abandonado, triste, que ha pasado por todas las desgracias habidas y por haber en el universo, me levantaba con cara de agonía.
Como siempre alguien extendía su mano para ayudarme pero ¡no! (¿Si de verdad querías ayudarme porque no te opusiste ante esta serie de sucesos desafortunados?) Entonces, luego de recorrer la milla existente entre la mesa donde me encontraba hospedado y la pista de baile, arribaba a la zona de guerra de una forma paciente bajo la mirada atónita de los presentes.
Aún recuerdo los primeros estribillos de la melodía que crecía de manera súbita mientras milagrosamente un halo divino (producto de la detestable luz de la cámara filmadora) me permitía efectuar los movimientos danzísticos característicos del mencionado baile.
De un momento a otro todos cambiaban sus caras de estreñimiento por labios estirados y relucientes dientes. Tal parece que después de todo no era el peor bailarín del mundo, y es que de hecho no lo soy. Me catalogo bajo el status de pasable, simplemente tiendo a apreciar el drama existente entre nosotros, los hombres, y el temible baile del vals.

¡Ay de mi rodilla! Cuántas calumnias y mentiras no hice que protagonizara.
De todas formas, ella, mi confidente; sé que aunque dolida por lo que le hice pasar, también debe estar orgullosa por el despampanante papel que jugó durante mi lucha contra mi criptonita. ¿Que siempre perdimos? Bueno ya eso es otra cosa, pero como dice el viejo refrán, lo que no te mata, te hace fuerte.

Tristemente ya crecí, y aquellas épocas donde todo lo previamente descrito eran mis más grandes preocupaciones son sólo una tenue y alegre sombra de un pasado del cual no tengo sino alegrías. Sé que esas batallas perdidas me ayudaran a vencer de una buena vez por todas a mi criptonita. Y más cuando, cual crónica de una muerte anunciada, la toparé en mi camino más de una vez. (¡vaya que le gusta a nuestra sociedad abusar del vals! literalmente lo encuentro en la sopa.)

¡Cómo extraño mi dolor de rodilla!

jueves, 9 de junio de 2011

Anónimo Restringido

"Y de nuevo se encontraban las hermosas ondas de su cabello danzando al ritmo de las palabras que pronunciaba la profesora. Mis ojos sólo podían concentrarse en su baile muy a pesar del empeño de mi cerebro por desviar mi atención de aquel acto sublime. Simplemente era algo inevitable, era una acción predeterminada por el responsable del giro de la tierra ..."

Honestamente creo que los peculiares síntomas de la sudoración excesiva, la pérdida misteriosa del habla y los extraños movimientos de manos son cosa del pasado. Estos antiguos amigos de la escuela quedaron archivados en las páginas del prólogo de este libro, que apenas comienzo a escribir, llamado adultez y del cual muchos gozan de ser lectores pero pocos podemos darnos el lujo de editar.
No quiero contar las típicas historias de amor a través de este espacio, de MI espacio. Y hago énfasis en este adjetivo posesivo porque hasta ahora es una de las pocas cosas que he adquirido sin la influencia económica de mis padres. Así que afirmativo, es MI espacio.
Sin embargo creo que de vez en cuando es importante darle paso a ese sentimiento del cual todos, pero absolutamente todos hemos hablado alguna vez en nuestra vida y que, aunque sonroje a muchos, inició con la típica frase de: No, es que no me gusta, sólo me simpatiza.

Creo ser uno de los pocos que puede darse el lujo de contar con los dedos de su mano (ojo, alusión en singular al órgano que hace parte de las extremidades superiores) las veces que he mencionado esa frase. Lastimosamente no poseo el recuerdo de la primera vez que la pronuncié. Tal parece que debió ser una experiencia tan traumatizante que mi mente resolvió archivarla en el cajón de no abrir más nunca. Pero sé con exactitud que mis amigos citados al inicio de esta entrada nunca me defraudaron (cómo quisiera que lo hubiesen hecho) durante el recital del me gustas. De hecho creo que terminaron por robarse el show; y con creces.

Y es desde la primera vez que sale esa frase de nuestra boca que la incesante búsqueda de la otra manzana, nuestro complemento, nuestra otra mitad, el famoso príncipe azul o la princesa encantada, inicia. Ese personaje llamado a co-protagonizar el tercer acto más importante de la vida según nuestros profesores de primaria, (naces, creces, te ... y mueres). Sin embargo no sé hasta qué punto estamos destinados a encontrarla o hasta qué punto estamos destinados a dejar de buscar.
¿Qué tal que tu vero amore y tú, aún sin conocerse, sin saber de la existencia del otro, decidieron tomar un descanso simultáneo tan pero tan largo que terminaron por olvidar su cita? o en su defecto, ¿Qué tal si ambos estuvieron destinados a encontrarse, amarse, terminar y regresar, pero esta última acción nunca se llevó a cabo porque el orgullo producido por la penúltima fue tan grande como para jamás volver a intercambiar palabra alguna? Y la lista de interrogantes continua bajo la sombra de tan pocas respuestas. Respuestas que también producen otras preguntas...

Entonces si tú, querido lector que nunca leerás esto, y al que detesto tanto pero no lo suficiente como para negarle un consejo si lo necesita, has perdido pasado una gran cantidad de tiempo tratando de responder a estas inquietudes, déjame simplemente felicitarte. Si tú has sido capaz de sobrellevar una vida alejada completamente del ideal disney (del vivieron felices por siempre), déjame simplemente felicitarte.
Muchas veces nos pasamos la vida entera buscando el punto que cierre el párrafo de nuestra soledad sin darnos cuenta que, muchas veces, estamos colocando el signo de puntuación en el lugar equivocado. Razón por la cual terminamos la oración antes de lo debido o simplemente la iniciamos cuando no debemos.
Con esto detestable lector, no quiero decir que corras a casarte con la vecina que colecciona gatos (perdón honorable vecina, pero dado que sé que jamás leerá esto, gozo de usarla en este escrito), ni mucho menos que debas correr a suprimir tu existencia, no no, nada de eso.
Sólo espero que aprendas a editar de la mejor manera cada uno de tus textos. Te aseguro que de esta manera lograrás completar tu libro de la adultez de la forma correcta y con el menor uso posible de liquid paper. (curioso no? yo dando este consejo cuando cuando apenas estoy en el prólogo del mio).
Ten presente que todos cometemos errores, así que jamás arranques sus hojas ni mucho menos intentes aplicar un fácil "borrón y cuenta nueva". Es muy probable que de realizar tal acción acabes con un laureado producto de la real academia de la lengua española pero, será el escrito más hipócrita y falso que alguna vez escribirás. Toma ejemplo de la pequeña Mattie, quien comprendió el significado de estas palabras muy a pesar de no encontrar compañero para finiquitar el penúltimo requisito enseñado por nuestros profesores de primaria. Personaje que, muy a pesar de lo previamente mencionado, pudo finalizar "maravillosamente" el prefacio con el que inicia su historia en true grit (si, es una película).

Querido lector que nunca leerás esto y que tanto detesto, me gustó hablar de nuevo contigo.

"...Tiempo después, de manera sigilosa se levantó. Corrió hasta la pizarra y, entre risas, habló de su vida y de sus gustos. Sólo podía observarla. El resto de mis sentidos estaban completamente absortos. Luego finalizó y realizó una de sus particulares muecas. Tal parece que fui el único en notarlo. Lentamente observé cómo retornaba a su puesto, pero... oh sorpresa, su ruta había cambiado.
Intenté acomodar el remolino de mi cabello, ordenar los vellos de mis cejas y chequear la limpieza de mis dientes de manera instantánea
con mi lengua. Creo que ni Tom Welling, en su eterno drama del joven smallville, podría haber realizado una actuación más digna de Superman como yo hice.
Para cuando volví en mi, ya era muy tarde. Solamente alcancé a divisar la mancha roja que se posaba sobre mi camisa mientras sentía un helado abrazo que iniciaba desde mi costado derecho. Escuché el sonido del metal golpeando contra el suelo. Sus manos, ensangrentadas, corrían a sus ojos llenos de lágrimas. Y fue justo allí, antes de cerrar mis ojos por última vez, que logré escucharla.
-Creo que esta vez Romeo debe morir en el primer acto- susurró. "


lunes, 6 de junio de 2011

Nunca es tarde para regresar

Querido lector que nunca leerás esto.
Te escribo desde lo más profundo para darte la peor de las noticias que alguna vez pensé darte: TE DETESTO.

Como cuento con el tiempo suficiente para hacerlo, pienso que ya es hora de dar rienda suelta a este gabo interno que clama libertad desde hace ya varios semestres atrás.
Inicio explicando el porqué de mi abrupto retorno y disculpándome si tal vez jamás tuve la decencia de decir adiós; o bueno por lo que parece ser hasta ahora, un hasta luego.

Digamos que la chispa que encendió el cerillo fue una película reciente que vi.
Película que me hizo pensar en lo que de verdad hace que la relación lector/escritor funcione y creo, sin llegar a ofender a personas especializadas en el tema, que lo he descubierto.
Esa idea vaga eternamente plantada desde comienzos de nuestra vida, dónde nos explican cómo todas esas palabras que usamos, que no deben repetirse porque suenan mal, donde nos recalcan que las historias, los personajes y demás son los que crean los hilos de pasión entre nosotros dos, déjame decirte que son puras patrañas.

Pienso que existe algo, una pasión desenfrenada entre el escritor y sus palabras, una relación más allá de lo puramente carnal. Un eterno y sexual baile, casi que masoquista entre ambos, donde tú osas de ser el espectador.
Entonces querido lector, lo que quiero decir, sin ofenderte, es que eres un voyerista. No eres más que un vil ser que gime de placer mientras observas cómo el escritor hace suyas sus palabras. Cómo las coloca con pasión, sin miedo, sin desenfreno. Cómo las borra sin piedad y como logra convencerlas de regresar sin necesidad de regalos o citas y promesas que nunca se cumplirán. Por eso a ti oh lector, te confieso que te detesto.
Te detesto porque abusas sin razón de mi "profesión" y lo haces sin el más mínimo deseo de culpa. Pero ¿Qué más puedo hacer? Si al fin y al cabo no puedo vivir sin ti.

Por eso, aunque intente persuadirte de no continuar sé que lo harás. Porque el deseo de saber cómo ha de finalizar mi historia, te intriga al punto de llegar al suicido si tu acción es frustrada. Pero juzgarte tal vez no me compete a mi, serán otros lectores los que te juzguen por tu elección. Probablemente te preguntes qué es de mi, que haré más adelante. Pero no te preocupes, es un sentimiento razonable producto de tu adicción a mi producto. Es una reacción sicológica nada más. Algo puramente químico.

Y bueno, honestamente no sé que más decirte.
Creo que me he sincerado lo suficiente contigo. Y si, tal vez lo he hecho porque solamente a través de las palabras lo sé hacer; y si, tal vez estoy siendo hipócrita conmigo al tratar de llamarte de nuevo, al incitarte a ejecutar los eventos que tanto he criticado a lo largo de este escrito sin sentido... pero no me culpes a mi, culpa a Chloe, la protagonista de la película que, si prestaste atención al comienzo de mi historia, fue la que me incitó a escribirte.
Hasta pronto