Lo admito, soy curioso por naturaleza. La cantidad de preguntas que rondan mi cabeza a todo momento es inmensurable. Y lo es hasta el punto que, de haber sido un gato, ni las 9 vidas me habrían alcanzado. (Lo digo por eso de que la curiosidad mató el inocente felino).
No basta sólo sino con que efectúe actividades tan comunes como caminar, respirar, incluso pestañear, para que de forma instantánea surjan como una epidemia.
Infortunadamente, más que generarlas, el verdadero problema es darle respuestas a todas y cada una de ellas. Es un completo dolor de cabeza. Es un número que incrementa exponencialmente. Sin embargo, gracias a una duda que tuve sobre cómo hacer para resolver todas mis dudas (si, se generan dudas sobre mis mismas dudas. I suck) llegó una eficiente solución. (Que en realidad no es tan eficiente).
Para efectuarlo tomo gran cantidad de tiempo. Es más, es probable que cuando esté hablando contigo, en realidad esté trabajando de forma interna con mis pequeñas.
Primero, intento dialogar con ellas. Es difícil hacerlo de forma ordenada porque aparecen de a par, una detrás de otra. Luego les extiendo un abrazo. (Siempre sirve para tranquilizarlas). Por último, menciono la explicación más básica que alguien le podría dar a otro alguien: Les digo que no puedo atenderlas en el momento, que con gusto pueden dejar un mensaje y que más adelante les devolveré la llamada. (Insisto en que cualquier parecido con un call center es mera coincidiencia y no, en caso tal que te lo estés preguntando, no he trabajado en ninguno todavía).
Apenas arribo a casa, inicio mi tarea de dar solución a cada una de ellas. (Bendito seas google, bendita seas wikipedia).
Es cierto, soy curioso. Y bastante. Y ahora que este tema está aclarado, puedo iniciar la historia que hoy he venido a compartir contigo oh lector que tanto detesto.
El plano temporal de la historia es ... en días pasados, y es mejor dejarlo así porque últimamente he perdido la noción del tiempo.
Inicio con otra confesión: Era excesivamente obediente.
No es que ahora sea el peor hijo del mundo o el alma más rebelde del universo, es sólo que el porcentaje de obediencia ha disminuido de forma considerable durante el paso de los años. Y según yo, será esa nueva des-obediencia naciente la que me dará el impulso para ser ciento por ciento independiente. (la frase/excusa que uso cuando quiero pedirle disculpas a mis padres).
El punto es que a esa famosa frase parental, a esa que parece estar impresa en nuestra acta de nacimiento por la temprana edad desde que la escuchamos, le hice caso de manera absoluta.
"Nunca hables con extraños" fue como ese amigo de cartón que, aunque no contaba en el juego, siempre tenía voz en mis decisiones.
El trauma ocasionado por el ab-uso de esta frase se vio reflejado en más de una ocasión. Aún más cuando empecé a usar el transporte urbano.
Jamás me atreví a dirigir una sola palabra a mis cambiantes acompañantes del bus. Y digo atreví porque ya no es así. Por más extraño que parezca, encuentro muchas veces la actividad de hablar con extrañas almas pasajeras (literal) una bocanada de aire fría para mis agitados días como estudiante de ingeniería (haha la hijuemadre frase rima).
A veces me sacan sonrisas, otras veces dan pie para que surjan más de mis temidas dudas o simplemente como hoy, son una excusa más para escribirte a ti oh lector que tanto detesto.
Lo curioso del caso (já curioso) es que esta vez no sucedió en un medio de transporte público, sucedió mientras caminaba por la calle. Y lo más insólito del caso es que fue la primera vez que yo, si yo, inicié la conversación. Y debo agregar que me habría arrepentido de no haberlo hecho. Fue de una de las pláticas más cortas y sustanciosas que he tenido.
Confieso además que la acción de bajarme del bus es uno de las más terroríficas con las que debo lidiar a diario, en especial cuando está repleto. Incontables "me da un permiso por favor" son mi muletilla favorita cuando de abrir paso entre la multitud se trata. Luego viene el clímax de mi faena: presionar el botón el bus.
No soy la persona más devota del universo, sólo voy a la iglesia dos veces al año (creo, no sé si son menos o ...son menos) pero de mis pensamientos salen miles de ruegos y plegarias para que el bendito botón suene. No hay actividad que más deteste en el mundo que pedirle al señor conductor (porque así es como suelo llamarlo) la parada. Tal parece que ese día mis súplicas fueron escuchadas dado que descendí en completa normalidad.
Como suele suceder, caminé de manera robótica. El camino lo he repetido tanto que mi cerebro puede dormir tranquilamente durante el trayecto sin que mis piernas se confundan. Pero ese día mi cerebro de verdad se tomó vacaciones porque no fue sino hasta que pisé un charco que noté que llovía. Entonces apreté el paso y busqué refugio bajo el plafón sobresaliente de una silenciosa casa blanca. Fue justo allí donde el pretexto, para escribir una vez más en este blog y para romper la ya fallida promesa de no hablar con extraños, tomó forma.
A lo lejos era sólo una sombra encorvada, de cerca era un ser envuelto en una manta arrugada y seca. Manta de la cual muchas mujeres quieren librarse a través de cierto amiguito llamado botox pero que esta figura cargaba con orgullo y dignidad (como debería ser por cierto).
Lentamente salió a chequear sus plantas mientras pequeñas gotas de lluvia caían y se resbalan a lo largo de unas delgadas hebras blancas que adornaban su cabeza. Tocó con suavidad sus matorrales, como si pudiera entenderlos y luego los observó durante un tiempo. Tiempo que se vio pausado cuando notó mi presencia.
Mientras tocaba la parte superior de su nariz, casi que intentando borrar las marcas dejadas por el paso de sus anteojos, refunfuñaba entre dientes. De repente cerró sus ojos por un instante, inspiró suavemente y con la misma velocidad con la había salido, entró.
Pasó menos de un minuto hasta que retornó. Tal vez mi presencia le parecía sospechosa o de pronto era yo quien interrumpía algún tipo de ritual diario que ella acostumbraba a realizar. La única diferencia era que ahora no estábamos solos. Una mecedora era el nuevo integrante de una conversación silenciosa de la cual estabamos participando sin querer queriendo.
Para mi sorpresa, esta vez había retornado cargada. Y menciono cargada porque una pistola fue lo primero que vino a mi mente. En medio de mi paranoia instántea (lo admito, soy eso que coloquialmente denominan peliculero) divisé la forma más rápida de escapar en caso tal de estar frente a algún tipo de asesina en serie.
Confieso que pedí perdón a esa deidad de la cual muchas veces dudo su existencia, así como me lamenté por no haberle hecho caso a mis padres por lo que a continuación iba a acontecer, sin embargo, antes de cometer cualquier locura, me armé de valor y pregunté de manera entrecortada: "¿Qué tiene allí entre sus manos?".
Ella, en medio de su quietud, suspiró y me miró. Levantó de forma temblorosa su mano izquierda (en la derecha tenía un rosario) y me mostró lo que tenía. Para mi sorpresa (y alivio) era un objeto cuadrado, inerte, casi que inofensivo (Bueno eso realmente depende de su contenido). Era un libro. Un pequeño libro.
Sonreí un poco por las locuras que habían atravesado mi mente justo un momento atrás y me adentré a preguntarle sobre su contenido. Ella, un poco apenada ahora, colocó a su apreciado amigo entre sus piernas para luego posar sus manos sobre él. Esta vez parecía querer ocultarlo.
-No lo sé-, me dijo, - Cada vez los hacen más pequeños y con letras para hormigas-
Luego lo tomó con decisión y le hechó una fugaz ojeada. Pensé que tal vez podría haber alguna caricatura entre sus bordes por la forma en como lo tomó y ojeó.
-Ni siquiera tiene dibujitos- exclamó mientras sus cejas se alejaban lo suficiente de sus ojos como para imaginar por un breve momento el aspecto de su rostro varias decenas de años atrás.
En ese momento llegó un taxi. Una señora ejecutiva se bajó de él. Pagó y de manera instantánea abrió y cerró su paraguas. Había dejado de llover. Fue justo allí cuando la noble anciana exclamó las palabras que hoy titulan esta entrada.
-Con la lluvia llega más que sólo agua- me dijo. Yo asentí sin decir una sola palabra. A paso lento salí al andén. La observé. Una sonrisa suave y sincera se dibujo sobre mi cara mientras me alejaba.
En ese momento un millón de ideas inundaron mi cabeza. Algunas se cuestionaban sobre si debía o no escribir tal suceso (tal parece que ya lo hice), otras era más infantiles. Pero hubo una destacada, una que me causó mayor curiosidad que las demás y fue tal vez la que en realidad inspiró la escritura de este texto.
-Ustedes los jóvenes de hoy en dia, ¡Saben tanto!- había mencionado ella con anterioridad mientras observaba sus matorrales. Y creo que ella no entendió el chiste porque esa tarde fui yo quien tomó atenta nota de cada una de las cosas que realizó. Esa tarde lluviosa fui yo quien aprendió más de lo que tal vez hubiese podido aprender durante un semestre de filosofía. Esa tarde mis sentidos cobraron más importancia que mi cerebro. Pero aún más importante, esa tarde volvió mi curiosidad sobre el porqué los libros de hoy en día para nosotros, los ya "grandes", son más pequeños, tienen letras de hormiga y no tienen dibujitos.
Si, es cierto; soy curioso. Y bastante.