Ese día el bus pasó a las siete en punto. Como de costumbre, la primera ley de Newton me jugó una mala pasada una vez más. Y es que intentar sostenerse con una mano, mientras con la otra se busca el dinero del pasaje, mientras un gigantesco maletín se trepa a tu espalda, no es tarea fácil. Como buena partícula inercial, intenté mantenerme estático mientras las revoluciones del motor sobrepasaban las permitidas por la ley. De forma instantánea ubiqué con el rabillo del ojo un puesto libre. Me sentí un tanto aliviado. Una vez sentado, un olor a cilantro inundó mis fosas nasales. Un viejo vendedor era mi acompañante. A su lado, una gran bolsa verde me permitió reconocer de inmediato el origen de aquel hedor.
Entre gritos, empujones y gotas de sudor; poco a poco aquel vehículo empezó a albergar decenas de almas, unas más inocentes que otras me atrevería a exclamar. Al frente, una joven morena era la musa del adolescente conductor. Entre miradas coquetas y piropos fallidos, la costeña se hacía la difícil. Él, haciendo arte de sus folclóricas galanterías, lograba sacarle pícaras sonrisas. Fue allí cuando noté que un diente a ella le faltaba, mientras a él uno le sobraba. No en vano dice el dicho, Dios los junta y ellos se separan.
Mientras divisaba aquella escena, bastante digna de un escrito macondiano por cierto, sentía lentamente cómo mi espalda se fusionaba con la funda del asiento. Un calor infernal acondicionaba el amarillo bus destinado a llegar a Puerto Colombia, mientras unas diminutas cortinas bailaban al son de los desniveles de la carretera. Fue en ese instante cuando me preocupé por mi viejo acompañante. Noté que no se movía. Ni el incesante resplandor que alumbraba la ventana sobre la cual su rostro descansaba, era capaz de traerlo de los terrenos de Morfeo.
Confieso que sentí un poco de lástima al divisar lo que habían hecho con él. Sin darse cuenta, terminó siendo víctima de la publicidad de las empresas privadas. Una gorra de metrotel cubría su calva, mientras una rota camiseta de Telmex y una pálida tula de Comcel, donde resguardaba su preciado tesoro herbal, hacían juego. No era más que una cadavérica figura jugueteando sin querer a ser una vitrina humana. En el fondo, la risa de los tórtolos enamorados me trajo de vuelta a la realidad. Fue en ese instante cuando noté que era hora de bajarme. Una vez más, empujado por mi íntimo amigo Newton inicié el trayecto de descenso.
En medio de mi trance, apresuré un poco el paso. Justo en ese momento un desconcertante grito sacó a todos de sus burbujas. Mientras estaba en shock por lo sucedido, apareció como por arte de magia delante de mí aquella figura cadavérica. Sólo sentía a mi alrededor una incesante bulla mientras delante de mis ojos unos pellejudos y deshidratados labios se movían. En sus manos, un inerte y cuadrado objeto se posaba. Mi billetera.
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