Fue esa tarde soleada cuando el joven escritor se sentó frente a las hojas de papel para imaginar en su mente cómo iba a ser el texto que pensaba plasmar. Como le era usual ingresó con miedo, un poco lento pero con palabras fuertes. Quizá fue, debido a ese flujo intermitente de sentimientos, que su abrupta y rápida mente trató de llenar todos los renglones con ideas chifladas (aparentemente sin sentido) pero que de una u otra manera terminaban siempre en un punto y aparte. Justo en ese instante decidió borrar el comienzo y de inmediato volvió a escribir. De repente se detuvo sin razón alguna y pensó en lo tanto que anhelaba escribir a mano, en lo mucho que extrañaba presenciar la interacción física entre el grafito de su lápiz y la superficie lisa y blanca de la hoja de papel.
En ese momento una suave brisa sopló sobre su escritorio y lentamente aquella hoja de papel se elevó sobre su cabeza hasta perderse en la delgada línea que separaba al infinito del mar azul con el ocaso de aquella tarde soleada.
- Quizá hoy no era mi día - murmuró aquel joven escritor mientras lentamente observaba cómo ésta se hacía lo suficientemente pequeña como para disiparse entre las nubes.
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